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La Pacem in Terris y los pilares de una paz duradera

Catholic.net - 11/07/2003
Autor: P. Jesús Villagrasa
Fuente: L’Osservatore Romano

Juan Pablo II reveló a inicios de año que le «impresiona personalmente el sentimiento de miedo que atenaza frecuentemente el corazón de nuestros contemporáneos» .

Cunde el miedo porque no hay orden ni paz. No hay paz porque no hay orden; pues la paz de todas las cosas es la tranquilidad del orden . El terrorismo, las guerras, las convulsiones sociales, las calamidades naturales amenazan la supervivencia y serenidad de las personas y la seguridad social y mundial.

La gravedad del momento presente, experimentado con miedo y temor por los hombres, ha podido sugerir al Papa el tema del Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz de este año: Pacem in Terris.

Una tarea permanente. Juan Pablo II ha recordado el vibrante y esperanzado mensaje de la encíclica, firmada por Juan XXIII hace 40 años, el 11 de abril de 1963, Jueves Santo, y que iniciaba con esta solemne declaración:
«La paz en la tierra, suprema aspiración de toda la humanidad a través de la historia, es indudable que no puede establecerse ni consolidarse si no se respeta fielmente el orden establecido por Dios» .

La Pacem in terris, considerada por algunos el testamento espiritual de Juan XXIII, vio la luz a dos meses escasos de su muerte. El momento de su publicación fue particularmente oportuno, dada la situación de alta tensión y de profundo desorden del mundo.

Dos años antes, en 1961, el «muro de Berlín» había sido erigido para dividir y oponer no sólo dos partes de aquella ciudad, sino también dos modos de comprender y construir la ciudad terrena. El muro simbolizó la división del mundo en dos bloques contrapuestos, en «guerra fría».

Hacía sólo seis meses que se había producido la crisis de los misiles en Cuba, con motivo del emplazamiento en aquella isla de rampas de lanzamiento de misiles y el envío por barco de proyectiles soviéticos para ser apuntados desde las rampas hacia Estados Unidos.

La crisis constituyó uno de los momentos más peligrosos de la «guerra fría», pues llevó al mundo al borde de una conflagración nuclear y reveló los equilibrios precarios de una «guerra fría» siempre expuesta a un eventual percance que pudiera desencadenar de un día para otro el holocausto atómico.

Paradójicamente, las potencias contrapuestas eran las mismas que en la Conferencia de Yalta (1945) se habían reunido para preparar el armisticio y para diseñar las coordenadas del «nuevo orden mundial» que debería construirse tras el desastre de la segunda gran guerra.

En 1963 – y también hoy – la paz parecía, a muchos habitantes de este planeta, un sueño imposible. El Papa bueno no compartía este parecer.

Al convocar oficialmente el Concilio Ecuménico Vaticano II, el día de Navidad de 1961, tomó distancias de los «profetas de desventuras», aunque sin cerrar los ojos a los problemas: «La Iglesia asiste en nuestros días a una grave crisis de la humanidad, que traerá consigo profundas mutaciones.

Un orden nuevo se está gestando, y la Iglesia tiene ante sí misiones inmensas, como en las épocas más grandes de la historia. Porque lo que se exige hoy a la Iglesia es que infunda en las venas de la humanidad actual la virtud perenne, vital y divina del Evangelio» .

Y después de repasar los males de su tiempo añadía: «La visión de estos males impresiona sobremanera a algunos espíritus que sólo ven tinieblas a su alrededor, como si este mundo estuviera totalmente envuelto por ellas. [...] Nos creemos vislumbrar, en medio de tantas tinieblas, no pocos indicios que nos hacen concebir esperanzas de tiempos mejores para la Iglesia y para la humanidad» (n.3).

La Pacem in terris refleja el talante espiritual, la trasparencia y la sencillez de alma de Juan XXIII, su preocupación por todos los sufrimientos humanos, su amor a la paz y su afán por la unidad del mundo. El título que afectuosamente le fue atribuido de «párroco del mundo» expresa este talante y esta paterna solicitud.

La encíclica recibió una acogida general porque los hombres, creyentes o no, percibieron de forma casi instintiva que, con este documento, el Papa se constituía en vocero de los sentimientos y aspiraciones de la humanidad. Por primera vez, un papa dirigía una encíclica «a todos los hombres de buena voluntad».

La Asamblea General de la ONU celebró una sesión especial, con la participación del cardenal Suenens, entonces primado de Bélgica y arzobispo de Malinas, para tratar del contenido de la encíclica.

Comentaron la encíclica U Thant, secretario general de la ONU, el director general de la UNESCO, la Conferencia de Ginebra sobre le desarme, el Consejo Mundial de la Paz, la Federación Mundial de ex Combatientes, la Liga de los Derechos del Hombre, el Consejo de Europa, muchos jefes de Estado, etc. Su mensaje respondía, en verdad, a una aspiración universal.

La Pacem in terris no pretendió originalidad doctrinal. Como afirmó Pablo VI, en su alocución durante el acto de inauguración del monumento dedicado a Juan XXIII en la Basílica Vaticana, el 12 de marzo de 1964, el rico acervo doctrinal de los casi 20 años de magisterio del papa Pío XII constituye el antecedente más inmediato de la encíclica. Su originalidad está en los planteamientos pastorales de la quinta y última parte.

La primera parte trata de las relaciones de convivencia entre los hombres. Éstas deben fundarse en el respeto de la dignidad, natural y sobrenatural, de la persona humana, la cual goza de derechos y tiene deberes correlativos.

A un amplio número de derechos naturales del hombre y de sus deberes correspondientes, señalados por el Papa, sigue la proclamación de los cuatro pilares o fundamentos de la convivencia civil: la verdad, la justicia, el amor y la libertad.

«La convivencia civil sólo puede juzgarse ordenada, fructífera y congruente con la dignidad humana si se funda en la verdad [...]. Esto ocurrirá, ciertamente, cuando cada cual reconozca, en la debida forma, los derechos que le son propios y los deberes que tiene para con los demás.

Más todavía: una comunidad humana será cual la hemos descrito cuando los ciudadanos, bajo la guía de la justicia, respeten los derechos ajenos y cumplan sus propias obligaciones; cuando estén movidos por el amor de tal manera, que sientan como suyas las necesidades ajenas y hagan a los demás partícipes de sus bienes, y procuren que en todo el mundo haya un intercambio universal de los valores más excelentes del espíritu humano.

Ni basta esto sólo, porque la sociedad humana se va desarrollando conjuntamente con la libertad, es decir, con sistemas que se ajusten a la dignidad del ciudadano, ya que, siendo éste racional por naturaleza, resulta, por lo mismo, responsable de sus acciones» (PT 35).

La segunda parte se ocupa de las relaciones políticas dentro de los propios Estados. La tercera, de la ordenación de las relaciones internacionales entre los Estados.

Al igual que las relaciones interpersonales, también las internacionales han de basarse en la verdad, la justicia, la solidaridad común y la libertad. Con realismo, son planteados algunos problemas de gran actualidad internacional: el trato de las minorías, el problema de los exiliados políticos y prófugos, la carrera de armamentos y el desarme (cf. PT 99-119).

La encíclica constata que la acción conjunta de los Estados es hoy día absolutamente necesaria incluso para lograr el bien común de la propia comunidad política (cf. PT 98), y sostiene que la guerra ha dejado de ser un medio apto para resarcir el derecho violado en el ámbito internacional, y que hay que buscar la resolución de los conflictos y diferencias, que eventualmente puedan surgir entre los pueblos y naciones, por medio de negociaciones y convenios (cf. PT 126-129).

La cuarta parte trata del establecimiento de una comunidad mundial y de las relaciones que con ésta establezcan los individuos y las comunidades políticas.

Con la creciente interdependencia de los pueblos, el concepto de bien común ha de ser formulado en una perspectiva mundial.

Para la promoción realista de este «bien común universal», el Papa Juan XXIII postula la necesaria constitución de una autoridad pública a nivel internacional, que no sea instituida mediante la coacción o la fuerza, sino sólo a través del consentimiento de las naciones, y que funcione conforme al principio de subsidiariedad que exige el respeto de la competencia propia de las autoridades de cada Estado (cf. PT 130-141).

La Organización de las Naciones Unidas, constituida en 1945, y su Declaración Universal de los Derechos del Hombre de 1948, parecían a Juan XXIII «un primer paso introductorio para el establecimiento de una constitución jurídica y política de todos los pueblos del mundo» (PT 144) .

La quinta parte desarrolla algunas recomendaciones pastorales para la acción temporal de los cristianos: el deber de los católicos de participar e intervenir en la vida pública con la necesaria competencia científica, capacidad técnica y experiencia profesional; la coherencia entre la fe y la conducta.

Algunos contenidos «novedosos» fueron la aceptación – en determinados supuestos y con ciertas condiciones – de la colaboración de los católicos con otros cristianos y con no creyentes que posean un recto sentido de la moral natural; la distinción entre el error profesado y quien yerra; éste no pierde jamás su dignidad personal por errar; la distinción entre las teorías filosóficas falsas y las iniciativas de carácter económico, social, cultural y político inspiradas en ellas. En dichas iniciativas puede haber elementos utilizables (cf. PT 157-160).

La Pacem in terris delinea claramente los sólidos fundamentos de una paz duradera que sólo podrá sostenerse, en el orden de las «cosas humanas», sobre un «nuevo orden moral» que tiene leyes «de otro género» que hay que buscar «donde las ha grabado el Creador de todo, esto es, en la naturaleza del hombre» (PT 6). Sin esa base, los esfuerzos serán ilusorios y estériles.

«La paz será una palabra vacía mientras no se funde sobre el orden cuyas líneas fundamentales, movidos por una grande esperanza, hemos como esbozado en esta nuestra encíclica: un orden basado en la verdad, establecido de acuerdo con las normas de la justicia, sustentado y henchido por la caridad y, finalmente, realizado bajo los auspicios de la libertad» (PT 167).

Escrita hace 40 años en una circunstancia de tensión internacional parecida a la nuestra, la Pacem in terris es una tarea permanente. A la Segunda Guerra Mundial, a la constitución de la Organización de las Naciones Unidas, a la promulgación de su Declaración Universal de los Derechos del Hombre y a las esperanzas que estos eventos suscitaron, se siguieron los agitados años de la «guerra fría» que ya sólo recuerdan las personas de cierta edad.

Los no muy jóvenes todavía recuerdan la euforia de 1989 suscitada por la «caída del muro de Berlín» que parecía inaugurar una nueva época de paz, concordia y prosperidad.

A estas esperanzas también han seguido graves desengaños, crisis financieras, económicas, políticas, militares y culturales. Los sueños de una paz universal quizás fueron, en algunos casos, eso, sueños. La paz, constituye, en todo caso, una aspiración universal, hoy vivamente sentida.

La paz no puede quedarse en una mera aspiración, menos todavía, en un sueño; es una tarea permanente.

El ingenuo optimismo que se niega a ponderar los problemas o el pesimismo a ultranza que ni siquiera se plantea la posibilidad de solucionar los conflictos son alternativas irrealistas y peligrosas porque dejan agravarse las tensiones hasta que, tarde o temprano, explotan.

La «ideología pacifista» puede provocar más daños de los que pretende evitar, porque voluntariamente se niega a considerar y a afrontar los problemas. Tampoco es viable la pretensión de realizar en breve tiempo un ideal de paz y libertad universales.

Los caminos para la paz, como las vías de la diplomacia, son largos y fatigosos, y deben ser recorridos. La paz es una conquista, un edificio que ha de ser construido con amplitud de miras y generosidad de esfuerzos.

De poco aprovecha hacer previsiones sobre el futuro inmediato. Por el contrario, sí importa y es necesario afirmar la vigencia de aquellos valores que permitan, ahora y en el futuro, construir un mundo en paz.

La paz, recordó el último concilio, que «no es la mera ausencia de la guerra, ni se reduce al solo equilibrio de las fuerzas adversarias, ni surge de una hegemonía despótica, sino que con toda exactitud y propiedad se llama obra de la justicia» .

Esa paz es, sí, un alto y noble ideal, pero más aún es una conquista, una «tarea permanente» que, dada la condición humana herida por el pecado, se realizará entre enormes dificultades y con resultados no siempre inmediatamente perceptibles.

La situación actual, aun siendo inédita, reclama con apremio una atenta reflexión sobre aquellos valores fundamentales propuestos por la Pacem in terrris para la edificación de un orden mundial de rostro humano: la verdad, la libertad, la justicia y el amor. Son los cuatro pilares de un nuevo orden moral internacional. Insustituibles. Irrenunciables.

Existen exigencias éticas fundamentales e irrenunciables, no negociables, porque no admiten derogaciones o excepciones, porque comprometen la esencia del orden moral relativo al bien integral de la persona. Exigencias de este tipo se dan en la defensa de la vida, en la promoción y tutela de la familia, y en el compromiso a favor del don inestimable de la paz.

Un pacifismo que quisiera eludir estos valores sería demagógico. «Una visión irenista e ideológica tiende a veces a secularizar el valor de la paz mientras, en otros casos, se cede a un juicio ético sumario, olvidando la complejidad de las razones en cuestión.

La paz es siempre “obra de la justicia y efecto de la caridad” (Catecismo 2304, 4); exige el rechazo radical y absoluto de la violencia y el terrorismo, y requiere un compromiso constante y vigilante por parte de los que tienen la responsabilidad política» .

Un compromiso constante y vigilante. Quizás ésta sea la gran lección de la Pacem in terris para el momento presente: la paz se construye con la dedicación y la fatiga diaria de políticos y diplomáticos animados por sólidos principios morales e inspirados por los cuatro valores fundamentales recordados por la encíclica.

Los cuatro pilares son necesarios. La auténtica libertad no existe sin la verdad. «Verdad y libertad, o bien van juntas o juntas perecen miserablemente» . Una libertad política desligada de la verdad queda a merced de sus dos enemigos radicales: el relativismo moral y una espuria idea de tolerancia.

«Si el cristiano debe “reconocer la legítima pluralidad de opiniones temporales” (Gaudium et spes, 75) también está llamado a disentir de una concepción del pluralismo en clave de relativismo moral, nociva para la misma vida democrática, pues ésta tiene necesidad de fundamentos verdaderos y sólidos, esto es, de principios éticos que, por su naturaleza y papel fundacional de la vida social, no son “negociables”» .

Una sociedad tolerante, que no quiera hacerse responsable de su destrucción a manos de intolerantes, tendrá que definir qué juzga intolerable y por qué razones.

La justicia, por su parte, no sólo reclama la defensa de los propios derechos, sino el cumplimiento de los propios deberes. Los derechos «están unidos en el hombre que los posee con otros tantos deberes y, unos y otros, tienen en la ley natural, que los confiere o los impone, su origen, su mantenimiento y valor indestructible» (PT 24).

La reciprocidad de derechos y deberes entre personas distintas garantiza la humana convivencia pues «a un determinado derecho natural de cada hombre corresponde en los demás el deber de reconocerlo y respetarlo. Porque cualquier derecho fundamental del hombre deriva su fuerza moral obligatoria de la ley natural, que lo confiere e impone el correlativo deber» (PT 30).

Si esta reciprocidad es anulada, en las relaciones interpersonales e internacionales, se corre el peligro de derribar con una mano lo que se construye con la otra. De todas formas, una comunidad de personas y de naciones sólo puede estar cimentada sólidamente sobre el amor social o solidaridad.

No es tarea de la Iglesia formular soluciones concretas – y menos todavía soluciones únicas – para cuestiones temporales, ni suplir en la toma de decisiones a los gobernantes. La Iglesia se limita a instruir e iluminar la conciencia de los fieles, sobre todo la de quienes tienen el pesado e indelegable deber del gobierno; tiene el derecho y el deber de pronunciar juicios morales sobre realidades temporales cuando lo exija la fe o la ley moral (cf. Gaudium et spes 76).

El gobernante tendrá que tomar decisiones, en las que junto a valores innegociables, también entrarán en juego opciones contingentes, diversas estrategias moralmente posibles para realizar o garantizar dichos valores, diferentes interpretaciones posibles de algunos principios básicos de la teoría política, diferentes análisis de los datos empíricos tomados de una compleja realidad, y las variables circunstancias de las que no puede prescindir el análisis y el juicio prudencial de las cosas humanas.

Cuidadosamente considerados los diversos aspectos, la apreciación de las condiciones de legitimidad moral de la «guerra justa» pertenece al «juicio prudente de quienes están a cargo del bien común» .

Juan Pablo II evocó la gran lección de la Pacem in terris, ante la 50ª Asamblea General de la ONU, el 5 de octubre de 1995, con un mensaje que conserva toda su actualidad: «Debemos vencer nuestro miedo del futuro. Pero no podremos vencerlo del todo si no es juntos.

La “respuesta” a aquel miedo no es la coacción, ni la represión o la imposición de un único “modelo” social al mundo entero. La respuesta al miedo que ofusca la existencia humana al final del siglo es el esfuerzo común por construir la civilización del amor, fundada en los valores universales de la paz, de la solidaridad, de la justicia y de la libertad.

Y el “alma” de la civilización del amor es la cultura de la libertad: la libertad de los individuos y de las naciones, vivida en una solidaridad y responsabilidad oblativas».

La Pacem in terris concluye con una invitación a la oración, porque no bastan «las solas fuerzas naturales del hombre, aunque esté movido por una buena y loable voluntad» . Pero Dios quiere la colaboración humana para abatir los nuevos muros y educar a los pueblos en aquellos valores que fundan un paz duradera. Pacem in terris, una tarea permanente.



Tomado de L’Osservatore Romano (ed. en lengua española, 11-IV-2003, pp. 14-15)

 

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