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El nacionalismo del Estado Moderno

www.arbil.org - 06/11/2004
El nacionalismo del "Estado moderno", resultado del contractualimo, principal enemigo del patriotismo. Uno de las manifestaciones más patentes de la ruina del espíritu característica de la Modernidad es la aniquilación del concepto moral y natural de Patria a manos del concepto político y polémico de Nación.

El hombre nace en una familia, primera sociedad a la que pertenece y en la que está sujeto a una autoridad de origen divino-natural inmediato, la patria potestad. A través de ella el individuo se asoma al universo viviente, recibiendo, en principio, todo aquello que precisa y, de modo especial, se arraiga, es decir, se convierte en beneficiario de las conquistas del espíritu atesoradas por la comunidad a la que se incorpora. Éste es sin duda el origen de la vida social, y con base en él debe interpretarse todo el concepto de sociedad.

La familia tiende, por su propia naturaleza, a propagarse y a establecer lazos estables con otras familias, dando lugar a clanes, tribus y otras comunidades humanas surgidas en torno al matrimonio y el parentesco de sangre. Estas realidades enriquecen y refuerzan el arraigo, la identidad del individuo que, de esta forma, no forja su propia personalidad partiendo del vacío de un hipotético entorno asocial.

Con frecuencia, las necesidades de todo orden que afectan a la existencia humana y las ventajas de la división del trabajo conducen a estas sociedades elementales a agruparse entre sí formando municipios, comarcas y otras comunidades territoriales más amplias, en las que también la sintonía en lo que se refiere a creencias, costumbres y modos de vida desempeñan un papel aglutinante.

De todo este proceso federativo, en lo que tiene de enriquecedor y profundizador, surge la Patria, que es, ante todo, un producto del espíritu. Por eso, los antiguos hablaban de la Patria chica, aludiendo a la región o comarca de la que eran oriundos, y de la Patria grande, que era la identidad espiritual emanada de la comunidad superior de todos los pueblos, regiones, comarcas, tribus y familias.

Desde este punto de vista, el patriotismo no es nunca una realidad excluyente, agresiva con respecto a otras Patrias, sino que, por el contrario, valora y defiende la libertad de la Patria como presupuesto ineludible para la libertad del hombre.

Tras la conmoción de los espíritus que trajeron la Reforma y la Revolución, el supremo vínculo de hermandad entre las Patrias, la Cristiandad, fue desgarrado, dando paso al Estado-Nación.

Las "Naciones modernas" no surgen en virtud de un paulatino proceso federativo, sino como consecuencia de un contrato social, es decir, mediante el ayuntamiento mecánico de la voluntad de un número indefinido de individuos y el usufructo de su fuerza por un Estado que ostenta toda la autoridad y la hace valer en una serie de circunscripciones territoriales.

En los regímenes de suelo revolucionario, el sentido comunitario queda sustituido por una ruidosa propaganda de libertad ilimitada e irresponsable, que priva al hombre de sus raíces, de la herencia espiritual con que antes estaba equipado para encontrar su lugar en el mundo, quedando inerme ante la amenaza del totalitarismo inevitable al que tiende el ejercicio de la autoridad en un contexto de individualismo feroz y antisocial.

La "Nación moderna" constituye, en definitiva un concepto estrechamente ligado al surgimiento del Estado contemporáneo de corte liberal y revolucionario y a su característica politización delirante de toda la realidad. La teoría liberal de la representación y, singularmente, la soberanía popular entendida al modo revolucionario concibe al individuo en términos universales y abstractos y, sobre esta premisa, levanta todo el edificio político del Estado, reglamentando todas las esferas de la vida humana y destruyendo la vitalidad natural de la sociedad.

El Estado moderno, que pretendió justificarse inicialmente como autoridad neutra, objetiva y racional, superadora de las guerras de religión, trata hoy de aniquilar definitivamente a las Patrias a las que acusa de ser las causantes de las guerras suscitadas por el nacionalismo que él mismo entronizó, transformándose en el instrumento de dominio universal de la sinarquía plutocrática. Desde la perspectiva de este planteamiento el poder político es un simple administrador de recursos, careciendo de sentido plantearse la cuestión de la Legitimidad. La Nación no es una realidad previa al Estado y a la que éste debe servir. El Estado es la realidad sustantiva, y la Nación el proyecto político a cuya efectiva implantación consagra aquél todas sus energías.

El momento presente es momento de lucha por la Patria. Sólo su restauración librará a la humanidad de la tragedia del odio nacionalista. El mundialismo pretende desarraigar al individuo totalmente, sometiéndole a las exigencias de un materialismo economicista que gregariza a las sociedades precisamente a través del fomento de un individualismo radical. Luchar por la Patria es luchar por los valores del espíritu que configuran una existencia humana digna y libre.


Por Ricardo Parra

 

Analisis Digital
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