Natalia López Moratalla
Catedrática de Bioquímica y Biología Molecular de la Universidad de Navarra
- 16/05/2006
No atiende a la medicina de la esterilidad
Una ley que trate de proteger las prácticas encaminadas a asistir la reproducción humana para paliar un problema de esterilidad tiene un presupuesto imprescindible. Requiere firmeza absoluta en que el único destino legítimo de todo embrión producido es la procreación: debe ser gestado por su madre, o donado para gestación si sus padres no pudieran acogerlo. No puede permitir una ley ni que sobren, y mucho menos aún procedimientos encaminados a generar seres humanos, embriones humanos, con fines diferentes a la procreación.
Esto es elemental y evidente. Pues bien, con la ley que aprueba en segunda instancia el Congreso se despenaliza la generación de cuantos se quieran y para lo que se quieran. Mantiene el anacronismo de llamarles con un “pre” delante para que los embriones suenen a algo de menos valor real.
Despenaliza el comercio de gametos, embriones y material biológico derivado de ellos. Despenaliza la destrucción de aquellos que puedan tener algún tipo de “predisposición a” algo no deseado; y despenaliza la selección de aquel que pueda ser útil en el futuro en función de un hermano ya nacido. Para detectar si está sano, hay que hacer Diagnóstico Genético Preimplantatorio, para lo que se le arranca al embrión un cuarto de su cuerpo cuando tiene tres días. Si se acierta, el seleccionado que nazca no padecerá esa enfermedad sospechada; pero ¿qué otras podrá padecer producidas por la técnica misma de selección? No se sabe, porque no hay experiencia suficiente, pero es someter al embrión a un riesgo injustificado. El proceso es agresivo, dañino, difícil de hacer e interpretar y muchas veces da resultados erróneos. Pero es caro y deja beneficios en los centros y sobre todo atrae a esta “opción reproductora” a parejas fértiles, que no necesitan la opción asistida.
Incluso el sufrimiento, por causa de una verdadera esterilidad incurable, es reducido a un caso poco interesante; de estos hombres y mujeres no se ocupa la ley. Las madres son receptoras de las técnicas y ambos (potenciales padre y madre) son donantes de gametos. Lo único que garantiza la ley es que se guardará celosamente el secreto de la identidad personal del, o de los, donantes de gametos para que el niño que llegara a nacer de no pueda exigir nada a quienes son sus padres biológicos.
Esta apertura, que permite todo, no puede catalogarse de regulación sanitaria; ni las prácticas que permite la ley entran en lo que se podría considerar la oferta de la medicina de la esterilidad. Es otra cosa. Es turismo reproductor o paraíso de donantes de óvulos, como denominan en toda Europa a la ruta que empezando en Bilbao y siguiendo por Barcelona, tiene parte de sus centros en Valencia (y sus sucursales en Madrid) para continuar por el Mediterráneo y llegar a Granada. Quieren pasar por generosos benefactores que dan la felicidad de la maternidad a mujeres maduras o sin óvulos. Pero la realidad es muy cruda y la irresponsabilidad muy grave: entre un 0,3 y un 5-10% de las mujeres a las que se induce la hiperproducción de óvulos experimentan un grave síndrome de hiperestimulación, que produce dolor, fallo renal, posible futura infertilidad, e incluso la muerte.
Permite y protege el consumo de embriones humanos
Es muy significativo que estos “centros de infertilidad”, con sus institutos de investigación sobre embriones anexos, son los que intentan mantener las expectativas irreales de que las células madre derivadas de embriones vayan a ser útiles algún día en medicina, aunque todos sabemos que esos proyectos de investigación biomédica han fracasado. Cuando la comunidad científica va de vuelta se retoma el tema al amparo de una ley injusta e inhumana, que pretende esconder la pretensión de libre producción y libre consumo utilitario de embriones humanos y tráfico de gametos, bajo el lema de progreso médico.
Más aún, alienta, como expectativa, una “clonación” del enfermo (eso que llaman “clonación terapéutica”) que idílicamente se curaría con células madre a la carta (es decir, de su clon) tras destruirle en fase embrionaria. En realidad, lo que se intenta hacer es una técnica más simple que la clonación (porque clonar un humano no se sabe hacer) y que llamamos técnicamente “transferencia nuclear”. Por ahora, y sólo con esta etapa del proceso, no se ha conseguido obtener un verdadero embrión clónico. Ahora bien, para obtener estas células a la carta para cada enfermo se necesitarían cientos y cientos de óvulos que son sacados a chicas jóvenes con alto perjuicio para su salud por un puñado de euros. Resulta que, con la enorme y estupenda sensibilidad para el dolor ajeno que hemos conseguido, infringir éste no importa.
La ley prohíbe (es obvio que lo haga, porque no se sabe realizar) la clonación. Pero la “clonación terapéutica” (con esos miles de óvulos para células a la carta a fin de comercializarlas e investigar con ellas) quedará permitida expresamente por otra ley, ahora en tramites para aprobación, sobre “Investigación Biomédica”. En ella se prohíbe crear embriones (pero no preembriones) para investigar. Y en la línea del fraude, define que “lo” que salga o llegue a salir por “transferencia nuclear” no es un embrión. El juego de las palabras no es inocente.
Con el uso del “pre” o sin él, se eluden las normativas de nuestro Derecho Penal y del Convenio de Oviedo, ratificado en su día, que prohíben tajantemente crear embriones con otro fin diferente a la procreación.
El lobby pro células madre embrionarias
Lo repito, no hay un uso terapéutico posible de los embriones humanos generados in vitro, ni de células de tipo embrionario producidas a la carta por esa técnica de “transferencia nuclear”. La ley protege la industria lucrativa, establecida ya en España, productora y consumidora de embriones humanos so capa de generar salud. Los bancos de células madre a la carta han sufrido un revés tras el proceso de desenmascarar, hace unos meses a los científicos de Corea del Sur. Pero los bancos están ahí y hay que “producir” células.
No son convicciones científicas las que llevan a promocionar las embrionarias y negar a priori valor terapéutico a las células troncales “de adulto”. No se ha contestado nunca a la sencilla pregunta de que, si se pretende curar con ellas a un enfermo que tiene necesidad de sustituir un tipo determinado de célula, ¿por qué es necesario partir de una célula de la que pueden derivarse muchos tipos diferentes? Más aún, no se han encontrado razones que pudieran llegar a justificar destruir embriones humanos, ni generarlos para uso de terceros. Por ello, el lobby exige mantener a todos, especialmente a los enfermos y sus familias, en la ignorancia de la realidad biomédica y en la falsa idea de que en la investigación con embriones está el futuro.
La agenda del “lobby pro células madre embrionarias” no deja resquicios abiertos. Por una parte, presiona sobre los intereses profesionales y económicos del investigador para que se declare partidario; es una verdadera intimidación y a nadie le interesa crearse enemigos por criticar el supuesto potencial terapéutico de las células embrionarias. Por otra repite, hasta que ha calado, que se trata de los prejuicios religiosos contra esta práctica que se acompañan con la indiferencia por el sufrimiento de los enfermos incurables y sus familias. Y entre un bote de humo y otro, no permite que el debate se centre en la discusión científica de los resultados. Los debates tienen que centrarse en enfrentar, precisamente, la ciencia y la religión.
El ejemplo corrosivo de esta ley
Hay quien piensa, posiblemente por no haberla leído, que esta ley es casi igual que la anterior y casi igual que su reforma. Pero no; resulta que se ha saltado, con un simple tachón, ese mínimo presupuesto imprescindible al que me refería al inicio. Y hay quien piensa que no importa que se legalice: yo no lo voy a hacer. Tenemos mucha, demasiada, experiencia de cómo lo que un día repele como injusto, poco después de despenalizarlo se percibe legitimo porque es “legal”.
Durante años, he tratado de mostrar con los datos que se iban publicando la evidencia de que las células madre embrionarias no sirven para curar, ni siquiera para investigar. Forman tumores. Confiaba en que acabaría esta pesadilla por la fuerza de los hechos.
Pero no acaba: los centros de fecundación in vitro, y sus institutos de investigación con embriones, han encontrado una vía para seguir en su línea. Tratan ahora de cultivar los embriones humanos ex vivo (esto es, fuera de la madre), ganándoles tiempo a fin de que crezcan lo suficiente para llegar a generar células ya “domesticadas” que no produzcan tumores al transplantarlas.
La obsesión por las células embrionarias comienza a transformarse en la obsesión por las células de fetos y, mejor aún, si estos son a la carta. El portón que ha abierto la ley es muy, muy grave. Si se puede legalmente generar un ser humano para algo que no sea ser gestado y nacer, todos estamos en peligro de ser hechos esclavos.