Acaba de salir a la luz la segunda Carta Encíclica de Benedicto XVI, Spe Salvi, Salvados por la esperanza. No hace mucho comentamos en este foro que era la esperanza una virtud de la que trataba constantemente el Papa. Es lógico que fuera así. De una parte, es la virtud propia del caminante, cosa que somos todos en esta vida. Es una Carta que se lee muy bien, parece muy sencilla de entender pero hay que profundizar para disfrutar cada vez más de ella. De otra, porque el mundo necesita más que nunca del consuelo y el ánimo que proporciona esta virtud. Hasta la misma palabra tiene efectos físicos. Es un vocablo que destensa.
Pero no es cosa sólo de ahora. La esperanza recorre la vida del cristiano y le acompaña desde el siglo I hasta nuestros días. La esperanza cristiana redime siempre, nos allana el camino para alcanzar la meta del Cielo. Dicho esto, esto no llama tanto la atención que haya querido fijarse, al comienzo de la Encíclica, en una santa africana moderna que fue esclava muchos años. Se trata de Josefina Bakhita, beatificada el 17 de mayo de 1992 por Juan Pablo II y canonizada seis años después. Esta santa, de Sudán, fue suestrada cuando tenía 9 años y vendida cinco veces como esclava en los mercados de su país, a finales del siglo XIX, y después llevada a Italia.
En Venecia conoció, por la fe, a Jesucristo. Supo que este Señor estaba “por encima de todos los dueños, el Señor de todos los señores, y que este Señor es bueno, la bondad en persona. Se enteró de que este Señor también la conocía, que la había creado también a ella; más aún, que la quería. También ella era amada” por el Amo que no esclaviza sino que con su amor los hace hijos. Al saberse amada, esperada, por un Amo, Dueño y Señor de todos los amos ya no quiso regresar a su país. El 9 de enero de 1890 recibió el Bautismo, la Confirmación y la primera Comunión. Ingresaria después en la Congregación de las hermanas Canosianas. Benedicto XVI la cita como una santa de hoy que gracias al conocimiento de esta esperanza se supo “redimida”, hija libre de Dios .
El Papa en esta Encíclica, como hizo San Pedro en su Carta a los romanos, da las razones a los hombres de hoy en las que se apoya nuestra esperanza. “Estad siempre dispuestos a dar respuesta a todo aquel que os pida razón de vuestra esperanza” . Estas palabras, escritas hacia el año 66, iban dirigidas a los paganos de Roma convertidos al cristianismo. Tenían que fundamentar su fe para dar razón del por qué de su comportamiento a quienes, de buena fe, les preguntaran sobre su alegría. ¿Contrastaba tanto su serenidad en aquellas contrariedades, en aquel clima de gran hostilidad a que estaban sometidos? Convertirse al cristianismo era tomar una decisión heroica; es decir, se exponían a perder la hacienda, la libertad y –en muchas ocasiones– la misma vida en el martirio.
San Pedro escribe a los ciudadanos romanos, a aquellos a los que ya Pablo había enumerado los pecados en los que estaban inmersos por haber idolatrado. Recordemos sus palabras: “y como no procuraron conocer a Dios, Dios los entregó a su réprobo sentir, que los lleva a cometer torpezas, y a llenarse de toda injusticia, malicia, avaricia, maldad; llenos de envidia, dados al homicidio, a contiendas, a engaños, a malignidad; chismosos o calumniadores, abominadores de Dios, ultrajadores, orgullosos, fanfarrones, inventores de maldades, rebeldes a los padres, insensatos, desleales, desamorados, despiadados...; los cuales trocaron la verdad de Dios por la mentira y adoraron y sirvieron a la criatura en lugar del Creador, que es bendito por los siglos. Amén. Por lo cual los entregó Dios a las pasiones más vergonzosas, pues las mujeres cambiaron el uso natural por el uso contra naturaleza; igualmente los varones, dejando el uso natural de la mujer, se abrasaron en la concupiscencia de unos por otros, los varones de los varones, cometiendo torpezas y recibiendo en sí mismos el pago debido a su extravío... Y, conociendo la sentencia de Dios, que quienes tales cosas hacen, son dignos de muerte, no sólo las hacen, sino que aplauden a quienes las hace” .
Hoy los ídolos son distintos a los de Roma, hoy se idolatra el cuerpo, la salud, el sexo, el dinero, el poder, etc. Pero se puede decir que esta descripción lapidaria de la “situación de pecado” de la época en que nació la Iglesia, y en la que San Pablo escribía y actuaba con los demás Apóstoles es semejante a la de hoy. Corrían los cristianos dos peligros serios; uno interior, el de claudicar de su fe y otro exterior: morir a causa de ella.
No faltaban, ciertamente, valores apreciables en aquel mundo, pero éstos se hallaban ampliamente contagiados por las múltiples infiltraciones del pecado. El Cristianismo afrontó aquella situación con valentía y firmeza, hasta conseguir de sus seguidores un cambio radical de costumbres, fruto de la conversión del corazón. Esta conversión marcaría una impronta característica –cristiana– a las culturas y civilizaciones que se formaron y desarrollaron bajo su influencia. En amplios estratos de la población, especialmente en determinadas naciones, se sienten aún los beneficios de aquella herencia.
Hoy no parece que sea el martirio cruento el que planee sobre el cristiano, sino el incruento. ¿Cómo ser veraz cuando todo el mundo miente, dicen los mentirosos? ¿No os parece que eso está ya anticuado? ¿Honrado? Eso es misión imposible hoy –dicen– los que serían corruptos en cualquier época. ¿Honesto? Pero si aunque quisieras –ellos son los que no quieren– es imposible tal y como están montadas las estructuras de la sociedad. ¿Acaso se extraña la gente ya ante las noticias de clínicas abortistas, la trata de blancas, la pederastia, etc., que muestra la prensa? ¿Quizás no se han dado cuenta de cómo se trata la sodomía en algunos medios de comunicación porque lo muestran como algo ya “normal” en nuestra sociedad?
El Vicario de Cristo se dirige a los cristianos de Roma para darles solución a estas cuestiones, para mantenerles firmes en la fe y que sepan explicar a los demás las razones de su actitud. “Siempre dispuestos” significa una actitud permanente dondequiera que se encuentren para actuar con coherencia. Dar gusto a Dios es reaccionar conforme a la fe en Cristo y, por tanto, una empresa de apostolado.
“Dar respuesta” significa apología, defensa contra acusaciones o sospechas. Aunque la fe cristiana no se puede demostrar, sí puede mostrar que sus creencias no son absurdas y que es más razonable creer que no creer. “A todo el que os pida”, supone decir que la religión cristiana es de diálogo con todos, sin excluir a nadie. Habéis de dar “la razón de vuestra esperanza”. Dar razones, explicaciones verbales, proclamar la Palabra, el Logos.
Los cristianos no están sólo llamados a expresar su esperanza, sino el fundamento, la razón última de ésta. Aquellos primeros cristianos, como los de todos los tiempos que no han claudicado a su fe en Jesucristo, han estado expuestos a ser llamados y tenidos por locos.
El mismo Cristo fue tomado como loco por Herodes que lo despreció y lo vistió como tal. ¿Acaso no es para la gran mayoría una locura rechazar los bienes terrenos, la familia o la misma vida por seguir a una Persona? Es importante esto: el fundamento de esta locura es una Persona, no un argumento. Cristo, el Logos divino.
En la Biblia se emplea muchas veces la palabra “creer”, con la expresión hebrea “aman” que significa “estar seguro”. De ahí viene el decir amén a Dios con todas sus consecuencias.