Fundaci—n Garc’a Morente Home Contacto Mapa del Sitio Buscar

ADIEU?

La Razón-Florentino PORTE -31-05-2005

Los franceses han dicho no al Tratado de la Constitución Europea y, por lo tanto, queda paralizada su aprobación. Los procesos de ratificación pendientes y los referendos convocados siguen adelante, con la aparente sola excepción del británico, que se abandona. Con ello se gana tiempo para analizar la nueva situación y se fijan nuevas estrategias. Los franceses aman a su patria y se sienten orgullosos de formar parte de una gran nación. A muchos españoles deseosos de dejar de serlo, para convertirse en «europeos», les puede extrañar, pero el fenómeno no es tan sorprendente. De hecho los holandeses mañana pueden comunicarnos algo semejante: que se sienten holandeses, que aman a Holanda y que no quieren disolver su nación en un magma informe gobernado por unos señores a los que no han elegido. El Tratado es una obra franco-alemana que sigue una lógica propia no siempre publicable. Tras la caída del Muro de Berlín y la unificación alemana la geografía política europea sufrió un cambio de enormes proporciones. Una nueva Alemania con ochenta millones de ciudadanos emergía, disparando todas las alarmas occidentales. Köhl lo explicó con claridad: o se disolvía la nueva gran potencia en una Europa unida o en un tiempo breve se convertiría en un actor autónomo que desequilibraría el panorama europeo. Mitterrand lo comprendió y ese fue el origen del Tratado de Maastricht. No había idealismo, sino realismo en aquel paso adelante. Esa lógica ha estado detrás de los siguientes jalones: Ámsterdam, Niza y el Tratado de la Constitución. Para los alemanes, cristianodemócratas o social-demócratas, no hay alternativa. Hay que avanzar en el sentido definido y no se puede perder el rumbo por el capricho de unos ciudadanos. Francia ama su historia y se siente destinada a cumplir un papel relevante en la escena internacional. Piensa en términos estratégicos y quiere ser un actor global, pero su peso real continúa disminuyendo. Para ser necesita crecer, ganar tamaño, y eso sólo se lo puede proporcionar la UE, siempre y cuando mantenga un acuerdo con Alemania y limite el control del sistema de votación a unos pocos. Pero para que la Unión se convierta en una realidad los estados tienen que ceder competencias, lo que llevado a la lógica francesa les sitúa ante la paradoja de que para ser deben dejar de ser. Una mayoría de franceses ha comunicado a su presidente que prefieren formar parte de Francia, con sus limitaciones, pero con su identidad. Y es que el europeísmo tiempo ha que dejó de ser ilusionante. Es un ejercicio de intereses, con sus riesgos y sus apuestas, que las elites pueden administrar, pero que los ciudadanos no comparten. Francia se ha hecho en torno al concepto de Estado, mucho más intervencionista que el modelo anglosajón. Su «estado del bienestar» es grande y crecientemente ineficaz. La economía se ahoga y es muy probable que el próximo año entre en recesión. Los franceses se quejan de la situación, pero se niegan a aceptar las reformas que el sentido común aconseja. Sus privilegios son para toda la vida. Una Europa más unida implicaría mayor competitividad y no están dispuestos a asumirlo. Saben que empresas y ciudadanos de otros países pueden hacer lo mismo a menor coste y tratan de evitarlo. De ahí la disposición a mantener su fortaleza en pie. Se llevaron por delante el Pacto de Estabilidad, la Agenda de Lisboa y ahora el Tratado de la Constitución. Europa no vale una reducción de sus servicios. Pero con Europa o sin ella Francia tendrá que asumir las consecuencias de su decadencia. El presidente convocó a la ciudadanía para refrendar un texto encargado a la Convención con el objetivo de fijar los principios sobre los que la Unión debía avanzar. Tenía que ser un documento legible que devolviera a los europeos la ilusión por un proceso burocratizado y escasamente democrático. El resultado son trescientas páginas ilegibles que confirman las peores sospechas al que se aventura en ellas. Quizás los franceses tampoco lo han leído, pero han demostrado el aplomo suficiente para rechazarlo. No hay por aquellas tierras beaterío europeísta, ni las galdosianas «cofradías del Qué Dirán y la Santísima Opinión », que abundan entre nosotros. Serán europeístas a fuer de ser franceses o no serán. Agradecen que otras naciones estén dispuestas a dejar de serlo y se sometan a su dictado, porque es evidente su superioridad, pero no consideran pagar precio alguno por ello. París tampoco paga traidores. Se ha hablado del efecto turco y algo hay de cierto. De entrar se convertirían en el primer país en términos demográficos, en unos años su población podría representar un quinto del total. Los mecanismos de votación cuidadosamente arbitrados saltarían hechos añicos y el Islam sería algo más que una minoría. Pero el Tratado es independiente al ingreso de Turquía. El miedo existe, pero éste no es el terreno adecuado para resolver la cuestión. El europeísmo tiene copyright. Una oligarquía de déspotas seudo- ilustrados nos informan de lo que es correcto e incorrecto. Para ellos sólo hay una forma de hacer Europa y pasa por el Tratado. Su primera tentación será presionar a la opinión pública francesa por su irresponsable comportamiento y tratar de que vuelvan a votar en un año. Es su forma de entender la democracia. No está claro que Chirac esté dispuesto a poner su cara para que se la vuelvan a partir a un año de las elecciones presidenciales. En ese caso descompondrán el articulado en medidas concretas y las tramitarán vía Consejo Europeo. No será lo mismo, pero el rumbo se mantendrá fijo. Sólo cabe esperar el relevo en Alemania, Francia e Italia para que otra mentalidad se haga presente al frente de un proceso que avanza firme hacia la decadencia continental.

 

Analisis Digital
analisisdigital@analisisdigital.com


Espacio optimizado para Internet Explorer 6.0 y Safari Mac
Resoluci�n m�nima recomendada 800x600