Recordarán nuestros lectores el artículo sobre Dostoyevski en el que hacía un elogio de la literatura comprometida que nos ponía frente a frente con la miseria.
Mi opinión no cambia de la noche a la mañana, ni mucho menos, pero cuando una novela merece un elogio, no seré yo quien se lo escatime. Me refiero a la interesante propuesta de la editorial Algaida con Muerte dulce, una novela ideal para el verano por lo fresco de su historia, porque hará las delicias de las siestas del mes de junio o de julio, de quienes la lean.
Muerte dulce presenta una serie de homenajes encadenados que no quiero dejar de reseñar. El primero, al juego del mus. Cuando surgió la noticia del asesino de la baraja se me ocurrió que sería muy buena idea escribir una novela que relacionase naipes y asesinatos. Félix G. Modroño ya lo ha hecho, y con maestría. Otro de los homenajes tiene como protagonista al vino, si hace poco mis letras se dedicaban a In vino veritas, hoy volvemos a mencionar al preciado líquido. Después de leer su novela, el vino nos sabrá de otra manera, ya lo verán. Por último, hay un homenaje al paisaje castellano-leonés y vasco. Quien no tenga demasiado perfiladas sus vacaciones podrá disfrutar de una interesantísima propuesta por el norte de España. La cortesía del autor y de la editorial facilitan esta dirección, que sin duda recomendamos: http://www.fernandodezuniga.com/.
Evidentemente, una novela, aunque sea policíaca, no tiene demasiada gracia si no aporta una buena historia de amor. A falta de una, dos historias de amor harán que las páginas de Muerte dulce se lean con el interés añadido de una apasionante intriga de época que va relacionando una serie de asesinatos con una partida de mus. En lo referente a la parte amorosa, sólo puedo decir que el lector que se acerque a la novela va a encontrar páginas muy bellas dedicadas a los más nobles sentimientos. De ahí surgirá el conflicto, y les aseguro que la resolución del mismo les sorprenderá. Espero no haber desvelado nada de trascendencia para los que al final se animen a leer la obra. Sólo puedo afirmar, y en esto estará de acuerdo cualquiera que lea la novela, que la sorpresa es una constante en la misma, no sólo en lo relativo a los asuntos amorosos, sino en el conjunto de la misma.
Otro valor añadido es el de su precisa documentación. No se pierdan la parte final, con la obra concluida, en la que el autor desvela unos cuantos secretos relativos a su afición al mus, la gestación de la novela, y la documentación de la misma. A esto hay que añadir la inclusión de términos arcaicos, de expresiones en latín y en euskera, que lejos de oscurecer la novela, la enriquecen y condimentan como si de uno de los exquisitos platos que se incluyen en la misma, casi con receta detallada, se tratara.
Después de todo lo dicho, no queda más que ofrecer una muestra de lo que se comenta para que los lectores de Análisis Digital puedan disfrutar de la prosa ágil de Modroño. No me equivoco si les digo que es el regalo ideal para este verano. En la dirección del enlace se puede disfrutar de las primeras 20 páginas.
“Las nubes quisieron prologar su romance con la tierra y se resistían a abrirle el paso a las primeras luces del alba. Un extraño rumor procedente del norte arrullaba un puñado de sueños. Pelayo se incorporó de la cama para asomarse al diminuto ojo de buey. Al este, un ligero matiz en el cielo apenas discernía el día de la noche. Se mostró impaciente. Impaciente y fastidiado. Imposible distinguir nada unas varas más allá. Y sin embargo, estaba ahí mismo. Su melodía le delataba. Notas que brotaban apacibles para componer una canción eterna. La canción del mar.
No pudo esperar. Se terminó de vestir y salió fuera.
No sin cierta dosis de fortuna, habían dado con la Arrantzalearen Ostatu antes de que anocheciera del todo. La posada se ubicaba en medio de una hilera de casas de pescadores junto a la playa de Basigo de Baquio. Ésta se extendía durante mil varas erigiéndose en la más luenga de la costa vizcaína.
De repente, el muchacho se quedó petrificado. Sintió cómo los pies se le hundían en el suelo y temió ser engullido. Tras unos instantes en los que apenas respiró, intuyó que no existía peligro. Aun así, caminó despacio. Asentando cada pisada antes de atreverse a dar la siguiente. Poco a poco se fue acostumbrando a aquella tierra fina. Se agachó para tocarla. Estaba fría. Cogió un puñado, y una rara sensación le recorrió la mano. La arena se deslizaba entre sus dedos, empeñada en regresar al lugar al que pertenecía” . (pp. 287-288)