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Señorías: ¿Vale un escaño el precio de su conciencia?
José Rafael Sáez March
Psicopedagogo de Menores y Profesor Universitario

Me dirijo a los señores y señoras diputados que van a participar en las votaciones en las que se aprobará o no el proyecto de ley abortista del gobierno de Zapatero. Si llegasen a leer estas líneas y abandonan su lectura en este momento, no hay duda: no tienen conciencia moral y, por tanto, ni merecen su puesto, ni que les dirija la palabra. ¿Siguen leyendo? Bien. Pues escuchen y mediten lo que voy a decirles, por favor. Me da igual de qué partido sean y cuáles puedan ser sus convicciones religiosas. Les pido solamente que sigan leyendo unos minutos y, luego, hagan lo que quieran o lo que puedan con la ayuda de Dios.

Sé que muchos de ustedes tienen verdadera vocación política y que no han llegado a ser diputados en el Congreso sin muchos años de arduo trabajo. El escaño que ocupan y desde el cual deciden sobre temas tan importantes como la vida humana, no habrá sido fácil de conseguir. Ustedes sabrán si en su carrera política hasta conseguir ese ansiado asiento han recorrido un camino ético o no, si lo poseen por verdaderos méritos o por medios poco dignos. Los ciudadanos de a pie no somos tontos y sabemos que el ascenso dentro de un partido político no es sencillo sin utilizar estrategias poco confesables. El caso es que están ahí.

Para algunos de ustedes ese escaño es la culminación de sus ambiciones políticas y para otros sólo un paso más en una carrera que quiere llegar aún más alto. Ni lo sé, ni me importa. Están en su derecho. Ser un buen político es una muy noble tarea humana. Pero su profesión reviste una enorme responsabilidad, pues son ustedes quienes ejercen el poder legislativo, los que marcan las reglas del juego dentro del marco de la Constitución y los que deben ejercer el papel de control del poder ejecutivo, junto con el judicial. Como se dice una popular película de superhéroes: un gran poder conlleva una gran responsabilidad.

Les guste o no, están todos ustedes en un momento histórico crucial, que será recordado en los siglos venideros. Van decidir sobre la vida humana, el bien mayor que poseemos y del cual dependen todos los demás. Ojeando la Historia, sabemos que muchos políticos tuvieron que optar sobre temas muy trascendentes ligados a los regímenes en que vivieron. Hoy recordamos con honores a aquellos que abolieron la esclavitud, a los que se opusieron jugándose la vida a los totalitarismos autocráticos y sus desvaríos sobre la dignidad de la vida humana. Pero son de triste memoria los que participaron, de forma activa o pasiva, con sus acciones o sus silencios u omisiones, en todo atentado a la vida humana y su dignidad.

Lo que caracteriza a un buen político no es su fidelidad a una ideología, ni a un partido, ni a un líder, sino su compromiso real y efectivo por el bien común, por los derechos humanos, por la justicia, por el progreso material y moral de la sociedad en que vive. Sé que muchos de ustedes no se han “metido en política” sólo por la erótica del poder o para hacer dinero. Cuando se iniciaron en esas lides, quiero pensar que creían con firmeza en que convirtiéndose en hombres y mujeres públicos, podrían contribuir a mejorar nuestro mundo, prestando una ayuda eficiente a la sociedad y a las personas que la componen. Desde una u otra tendencia política, quisieron emprender una vida de servicio a la Humanidad.

Muchos de ustedes, de derechas, de izquierdas o de centro, saben perfectamente que una vida humana diferenciada comienza en el momento de la concepción, en el momento que se genera un zigoto con una estructura genética única que define a un nuevo ser humano, que no sólo contiene aquello que será, sino también un dinamismo biológico de desarrollo que sólo se detendrá por accidente o por destrucción intencionada. Aunque las creencias religiosas tienen peso -que no deberían ustedes obviar si son creyentes- no están ante una cuestión de doctrina confesional, sino ante un gravísimo asunto con certezas científicas.

La protección de la vida en todas sus manifestaciones es el mayor indicador de progreso y civilización de una sociedad. Lo contrario, de regresión y barbarie. La sensibilidad hacia la vida vegetal, animal y humana es un signo de esperanzador avance de la especie humana. Sólo un retrógrado descerebrado puede negar hoy en día que la naturaleza debe ser protegida, o que todas las personas son iguales sin diferencia de razas, o que los azotes de la guerra, la violencia doméstica, el hambre o la falta de atención sanitaria, son intolerables. Ahora nos encontramos frente a otra forma de destrucción de vidas humanas: el aborto.

Ante el aborto -déjense de eufemismos nominalistas como lo de “interrupción voluntaria del embarazo, por favor, y llamen a las cosas por su nombre- caben tres concepciones básicas, entre las cuales deben posicionarse sus señorías:

a) El nasciturus no está vivo o no es humano. Así que no hay problema alguno en destruirlo. Pero no estuviese vivo, estaría muerto y no haría falta envenenarlo, ahogarlo, trocearlo y/o aspirarlo. No haría falta el aborto. Y decir que no es humano… ¿Qué es entonces? ¿Un gorila? ¿Un ciprés?

b) El nasciturus sí está vivo y es humano. Por tanto, su vida es inviolable en toda circunstancia y debe ser protegida por la ley. La única diferencia con cualquiera de nosotros es que está dentro del seno materno y que se encuentra en las primeras fases de su vida. Abortarlo es matarlo, un terrible crimen.

c) No estar seguro del asunto. No me refiero a que su señoría dude entre sus compromisos de partido, sus certezas personales y sus criterios morales, sino a si duda seriamente sobre el tema en sí. Pues, si no está usted seguro, ante la duda, mejor votar no al aborto. Con la vida humana no se juega.

Van ustedes a participar en un hecho histórico de radical trascendencia. Van a decidir sobre la pena de muerte para millones de seres humanos. Van a crear, o no crear, un increíble nuevo “derecho”: el derecho a matar inocentes indefensos. La Historia les juzgará, como ha juzgado a los esclavistas o a los exterminadores nazis. Tienen ustedes, en ese botón que hay delante de su escaño para votar, el poder para detener este mega-holocausto o para darle carta de legalidad y aumentarlo. ¿Serán capaces de obedecer antes a su conciencia que a la disciplina de su partido? ¿Vale más su escaño que su honestidad consigo mismos?

En sus manos está la decisión. No, no mire hacia los lados. Señoría, está usted sólo ante su conciencia, ante la Historia y ante Dios. Si apretando un pulsador pudiese usted detener el hambre, la violencia familiar o las guerras, pero se jugase el escaño que tanto aprecia… ¿Qué haría? Un gran poder conlleva una gran responsabilidad. Espero que demuestre usted la talla humana que quizá cree tener, la talla que quiso y quiere tener, la talla que la Humanidad necesita. Se lo ruego en nombre de todos los seres humanos concebidos que puede usted salvar: vote no al aborto. ¿Podrá seguir viviendo consigo mismo si no obra en conciencia?


José Rafael Sáez March
Psicopedagogo de Menores
Profesor Universitario

 

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