Hay quien no se entera de las cosas por falta de “entendederas” pero en honor a la verdad hay que disculparle. ¿Cómo era la vida en otros siglos, en otras épocas?, ¡quién lo sabe a ciencia cierta! Lo que sí se puede saber es que vamos muy deprisa.
La Tierra, al girar sobre su eje, hace que recorramos cuarenta mil kilómetros en veinticuatro horas, lo que supone que vamos a unos 1670 Km/h., y nos despeinamos. Desde en cosmología física se descubrió que el Universo está en expansión, que desde una singularidad inicial se sigue desplegando en las dimensiones espacio-temporales, nos hemos enterado de que vamos a una velocidad de millones de kilómetros por segundo y… “sin necesidad de engominarse el pelo”. Uno se queda atónito. ¡Bendita ignorancia la de los que nos precedieron!
Esta gran explosión o Big Bang se descubrió por la radiación cósmica de fondo detectada por Friedmann- Lemaître –Robertson – Walker. El término “Big Bang” se utiliza tanto para referirse específicamente al momento en el que se inició la expansión observable del Universo (cuantificada en la ley de Hubble), como en un sentido más general para referirse al paradigma cosmológico que explica el origen y la evolución del mismo.
Un “ruido” de fondo que parece incitarnos a emitir otros sonidos molestos a los humanos, que a esos se les llama ruido. No sé como me las apaño pero siempre construyen viviendas lindantes a mi casa, o rehacen interiores dejando intactas las fachadas o cambia el de arriba o el de abajo los suelos, lijan el parqué o le asolan la cocina o los baños, etc. Lo que sea pero siempre ruido.
A mi me gusta el silencio y la música, clásica o no, pero que descanse, que relaje; por ejemplo, Nocturnos de Chopin, Enia o Keny G, por decir algo. Pero si la música me exige prestarle atención o me impide trabajar tengo que dejarla para mejor momento. Cualquier sonido que impida concentrarme o me dificulte interiorizar sobra.
Pienso si seré raro. No, creo que gracias a Dios, no. A la anormalidad acompañan la falta de serenidad, de equilibrio, de armonía, de paz, etc. Cosas que poseo y que debo al empeño por objetivar los acontecimientos, por escuchar a los demás y empellejarme en sus asuntos para comprenderlos; en definitiva, salir de uno mismo.
¿Cómo van a conseguir esto si a todas horas va la gente con el pinganillo oyendo la radio, las mil doscientas canciones que sólo ocupan tres gigas del iPot? ¿Cómo interiorizar si se gastan horas con ese ruido de fondo del móvil, del mensaje sms, de los diversos televisores encendidos por la casa? ¿Cómo escuchar el silencio y servir al que está a mi lado y me necesita si me enrosco en mi habitación con el ordenador, chateando y navegado o escribiendo cosas en alguna de las redes sociales en las que estoy dado de alta? ¡Vaya tela!
Tengo varias carreras y doctorados y no doy de mí para tanta información cómo me llega lo cual me obliga a cribar el torrencial de noticias. Para tomar agua de unas cataratas hay que ir a un hilillo lateral porque en el centro salpica y no se retiene nada. Por cierto el otro día un amigo me envió unas fotos de 1911 año en que se helador absolutamente las cataratas del Niágara. Impresionaba ver la quietud blanca de esas estrepitosas aguas.
Esto es, a mi entender, lo que le sucede a mucha gente joven y no tanto. Al final…, mal genio, agresividad, incomprensión, egoísmo, insolidaridad con todos pero en especial con los de casa. Luego hay un ruido “especial” la profesionalitis. No es infrecuente hoy que el afán de mantener el empleo, ascender en él, ser líder, ganar más dinero, mejorar o mantener la calidad de vida adquirida, proveerse de bienes para el futuro, etc., lleve a muchos a trabajar desmedidamente.
De alguna forma el trabajo que es un medio se convierte así en un fin. Esa actitud suele llevar de manera inconsciente tarde o temprano el agotamiento, al estrés, y al cabo de un tiempo, ocasionar junto al deterioro físico la ruina psíquica. Llega a desaparecer, si es que se tuvo, la capacidad de humildad para aceptar los consejos familiares de acudir al médico.
Es éste un proceso lento –que varía según la edad, la salud y el tipo de trabajo– pero que tarde o temprano aparece y no perdona. Esa falta de armonía interior debido al ruido interior de fondo se manifiesta en la autosuficiencia para no sincerarse y hablar o para desoír los consejos de quienes nos quieren. Después, cada vez hay menos remedio.
Se trata de cuidar la salud para servir más y mejor; para tener los brazos abiertos a quienes nos necesiten. Estar metido de lleno en el trabajo tampoco supone aislarse de lo que sucede en el mundo. Hemos de saber que es lo que ocurre en el mundo, saber “quién es quién”, porque somos del mundo y estamos en él. Y lo más importante de todo es que Dios con su silencio creador transforma al que está a la escucha de sus inspiraciones. Por eso ya pueden citar el Deuteronomio y sabemos quién es quién aunque se vista de seda.
Pedro Beteta
Doctor en Teología y Bioquímica