“La época de los caballeros ha pasado, ahora viene la de los sofistas, economistas y calculadores”… Proféticas estas palabras pronunciadas en su día por Edmund Burke.
Hoy predominan los imitadores, más bien mediocres oportunistas, de aquellos antiguos, originarios, sofistas que manipulan el lenguaje (el medio de comunicación por excelencia) a su antojo para ponerlo al servicio de sus fines, que nada tienen que ver con el servicio público o el bien común o ideales a los que Platón aspiraba sin desatender la tensión que existe entre lo real y lo ideal; fines tan personales como egoístas, tan individualistas (porque no reportan nada al conjunto de la sociedad) como nulamente altruistas o trascendentes. Encierran tales prácticas, denuncio abusivas, la consecución de aspiraciones entroncadas con la vanidad y la codicia, llenando los bolsillos de los difusores propagandistas y voceros, vaciando los del resto y las arcas públicas: la pecunia de todos.
De seguir así habremos de rogar la intervención divina en demanda de otro Noé que salvaguarde los espacios naturales y comunes, la naturaleza como la mayor de las riquezas.
Siga el análisis con tres palabras-conceptos que se pronuncian a la carrera en esta época: la igualdad, la libertad y el progreso.
Bajo la proclama de la igualdad, se obtiene una igualación por asimilación que nos lleva a una bajada del nivel de exigencia generalizado en todos los ámbitos, de la que no escapa la política, la cultura ni la educación. Con la excusa de la libertad se cometen crueles atropellos (injerencias estatales en casi todos los aspectos de la vida humana, incluyendo la conciencia personal, último reducto, lugar de resistencia al poder establecido). Y con el pretexto del progreso, se dispone todo el potencial médico afecto a la causa liquidadora al servicio de la muerte y no de la vida.
Lo que nos lleva a la siguiente conclusión: el derecho se ha convertido en un instrumento de dominación por parte del poder político acaparador, totalitarista, no en el medio de garantizar el orden de convivencia humana.
Y en el ínterin de este sumario recorrido por el despropósito y la manipulación atentatoria de la conciencia, los sentimientos y la inteligencia, la vieja lucha entre los partidarios del derecho natural y los positivistas, que despojan al discurso del sustrato social, político y cultural que lo sustenta convirtiendo así una tierra de labor, fructífera, en un solar yermo, un erial.
Entiéndase que no es baladí la cuestión planteada. Los sofistas de hoy, vinculados a una política carente de nobleza y talento, reducen todo al consenso. Palabra mágica. Consenso como mera unión de voluntades invocando intereses menores, no precisamente comunes a la mayor parte de la población, dada su lamentable cortedad de miras, que les incapacita para ver más allá de sí mismos y de sus propios planteamientos siempre egoístas.
Frente a tal epidemia y tales agentes patógenos, es necesario recuperar espacios comunes, tener alturas de miras, devolver a los conceptos su verdadero significado (extendiendo su sentido, sirva de ejemplo, el término concordia, en lugar del vulgar y sujeto a modas cambiantes y caducas, “consenso”), favorecer un juicioso, profundo y continuo debate que beneficiaría a todos recuperando la tradición, los principios y valores clásicos que fueron arteramente extraviados en el camino hacia la alienación (ninguna parte) y que como miguitas de pan en el cuento de Pulgarcito nos conducirían, quiero pensar que a tiempo, de vuelta a casa.
Emprendiendo así un ansiado viaje de vuelta a la casa que nunca debimos abandonar, por ser tan nuestra. Con otra lección aprendida: el desarrollo económico per se no garantiza el progreso de todos, el bien común. Hace falta ser libres y responsables para darse cuenta y exigir responsabilidad y coherencia a una clase política en la que predomina la falacia, el sofisma aparente en detrimento de la búsqueda de lo que de verdadero, bueno y bello hay en cada persona (y en cada cosa), y, por ende, en la misma sociedad y en la naturaleza. ¿Por qué no van a ir juntas y de la mano?