Infocatólica
Guillermo Juan Morado
07/02/10
Al hablar del conocimiento por amor, Santo Tomás de Aquino explora una vía, que podríamos llamar existencial, de aproximación al misterio de Dios; un itinerario fecundo, tanto para la teología como para la filosofía . Una vía que se muestra atenta a todas las dimensiones del ser personal que conoce en su concreción real y viviente; situacional.
No sólo la fe sobrenatural, sino el mismo conocimiento natural de Dios está, de algún modo, sostenido por la gracia y no se reduce a un conocimiento meramente “neutral”, puramente “nocional”, sino que se trata de un conocimiento vinculado a la entrega, al homenaje del entendimiento y de la voluntad , en una dirección que guarda semejanza con el acto de fe; con un asentimiento no predominantemente teórico, sino hondamente personal.
En este sentido, en uno de sus Sermones Universitarios el Cardenal Newman define el amor como “salvaguardia de la fe” : “La fe que justifica o que es aceptable a los ojos de Dios, vive en el deseo, y a partir del deseo, de aquellas realidades que acepta y confiesa” . Las disposiciones del creyente cualifican internamente la racionalidad de la fe. El acto de creer, siendo racional, no se fundamenta en la razón argumentativa. La fe es un ejercicio de la razón que depende de disposiciones subjetivas de tipo moral.
Su salvaguardia – lo que le impide degenerar en superstición o fanatismo – es, desde la perspectiva del sujeto, “un estado correcto del corazón o interioridad humana” ; es decir, el amor. No necesariamente la virtud de la caridad – aunque también – sino al menos la virtud de la religiosidad, que puede ser asimilada a la pia affectio o voluntas credendi.
Lo que Newman aplica a la fe resulta extensible a todo el conocimiento de Dios, ya que la vida afectiva no puede ser ignorada. Las pasiones, los sentimientos, los apetitos y la voluntad no son ajenos a un conocimiento capaz de convicciones reales, irreductibles a meros conceptos y palabras. La vida intelectual está determinada, en buena medida, por una opción fundamental de carácter ético, según la voluntad se cierre en el egoísmo o se abra al bien trascendente del otro .
A una voluntad egocéntrica corresponde, en línea de principio, un pensamiento clausurado en la inmanencia. A una voluntad abierta al otro corresponde, tendencialmente al menos, un pensamiento abierto a la trascendencia, abierto al ser y a la verdad del ser. Esta actitud abierta sería la adecuada para acceder de modo connatural; es decir, mediante un conocer sostenido por el amor, a la realidad de los otros, del mundo y de Dios. En definitiva, el conocimiento se perfila, antes que otra cosa, como reconocimiento.
El influjo del amor en el conocimiento se funda en la unidad de la persona cognoscente; en el mutuo influjo de inteligencia y voluntad, de sentir e inteligir. El amor selecciona y potencia la aplicación de la mente y proporciona una nueva luz en la captación de lo conocido, posibilitando un conocimiento más penetrante, más trascendente y realista, de tipo cuasi-intuitivo. El grado mayor de conocimiento es el que se da en el compromiso activo de la persona, que conoce comprometiéndose con todas las dimensiones de su ser. El sujeto, en un conocimiento que implica la práctica – como señala M. Blondel -, tiende a identificarse, a asimilarse, con la realidad conocida:
“Mientras que, conociendo, conducimos las cosas a la medida y como a la naturaleza de nuestro pensamiento, amando, queriendo, actuando, somos nosotros quienes nos asimilamos, quienes tendemos a identificarnos con las cosas. Llegamos a ser lo que hacemos: qui facit veritatem venit ad lucem”.
La filosofía contemporánea se ha mostrado sensible a esta vía de la connaturalidad. Por ejemplo, Gabriel Marcel, con su doctrina sobre la intuición reflexiva de Dios, algo así como una “fe filosófica” que dispone el espíritu a recibir el don de la fe teologal. O Max Scheler en su obra Esencia y formas de la simpatía, en la que plantea la posibilidad de un conocimiento comprensivo que nos remite noéticamente a Dios como Persona. Por su parte, J. Maritain ha sugerido una aproximación a Dios en la experiencia de la intersubjetividad desde una perspectiva semejante.
En el ámbito de la lengua española podemos destacar la contribución de X. Zubiri, con su teoría de la religación y con el papel que le reconoce a la inteligencia sentiente en la apertura del hombre a lo real.
Guillermo Juan Morado
PS. Este post es como un añadido al que he dedicado a las pasiones y los deseos. En realidad, lo he extraído, eliminando aparato crítico, de un texto propio: Juan Morado, Guillermo, “Un sabroso saber: el conocimiento de Dios en Santo Tomás", [Instituto Teológico Compostelano, Subsidia compostellana 2], Santiago de Compostela 2009.