Fundaci—n Garc’a Morente Home Contacto Mapa del Sitio Buscar

La crisis de lo divino

AEDOS-DSI
Ponencia del profesor Dalmacio Negro
08/02/10

A mi entender, la clave de los problemas actuales es el ocultamiento, olvido o rechazo de lo divino. No se trata de una crisis de fe. Luego diré porqué. Este ocultamiento, olvido o rechazo se ha sintetizado en sintagmas como la “muerte de Dios” (Nietzsche), el “desencantamiento del mundo” (M. Weber), “eclipse de Dios” (M. Buber), “desdivinización” o de “huida de los dioses” (M. Heidegger). Max Scheler, desconcertado, hablaba de la “impotencia de lo divino”.

Yo prefería fórmulas como la de Manfred Frank, “Dios en el exilio”, o la de Marcel Gauchet de “la salida de la religión”, o la sugerencia de George Weiler de una “política sin Dios”. Fórmulas más próximas a la del “silencio de Dios” de San Juan de la Cruz, de la que hace Rémi Brague una de las claves de su pensamiento.

Brague prefiere hablar por eso del “retroceso de lo sagrado”. Sin duda porque lo sagrado es la forma que tiene la humanidad de relacionarse con lo divino. Y hoy se sustituye o esconde lo divino con falsas sacralizaciones de cosas humanas como el bienestar, el desarrollo, el nivel de vida, el sexo, la democracia, la etnia, la nación en sentido nacionalista, el Estado, la Tierra, etc. y, en definitiva, el Poder. Hay religiones para todos los gustos, pues con la difusión de la ideología sacralizadora de los valores, la conciencia se ha convertido en una caja de Pandora y cualquiera puede inventarse una para su uso personal.

Me voy a centrar en la sacralización del poder, que es, en mi opinión, la clave de todo.

Por lo pronto, el Poder como tal tiene un carácter sagrado, puesto que lo Político salió de lo Sagrado. Es, por ejemplo, lo que explica la natural obediencia al mando, pues quien manda tiene poder. Y asimismo explica el conflicto actual entre el laicismo radical y las religiones. Y digo las religiones en plural –me refiero por supuesto a lo que son religiones y no sustitutos, ideologías o inventos quizá crematísticos- y no sólo a la cristiana.

Si el laicismo combate al cristianismo, es porque ese laicismo nació en Europa, dentro de la cultura cristiana, porque se desenvuelve aquí aunque ya tenga sucursales en otros lugares, y porque dado su origen contiene elementos del cristianismo como las ideas de misión y universalidad, compartida esta última con la ciencia en la que se apoya; elementos a los que debe muy principalmente su dinamismo. De momento, deja en paz a otras religiones e incluso se alía con ellas potenciándolas como aliados contra el cristianismo. Sin embargo, es enemigo existencial, no mero adversario, de toda forma de religión.

Por otra parte, ese laicismo se manifiesta como político. Pues, sin querer ser una religión, ya que toda religión se basa en la fe en lo divino, trasmundano, opera como una religión contra toda religión. Su fuerza estriba en que es político, temporal y está aliado con los poderes de este mundo.

¿Porqué opera como una religión? Porque es una fe aunque por su componente nihilista niegue la fe. La causa, y por eso decía que lo que ocurre hoy no es una crisis de fe, todo lo contrario, consiste en que la fe es una propiedad de la naturaleza humana, como lo son la razón, la memoria, el sentimiento, la imaginación, la voluntad o la libertad. La fe es un componente esencial, ontológico, de la naturaleza humana como demuestra la antropología. Sin embargo es de sentido común. Recordaré, por su expresividad la máxima o refrán de la sabiduría popular, “quien no cree en Dios cree en la herradura”.

El hombre es un animal de creencias, entre ellas la fe que las religa, ligándolas de un modo especial con lo divino a través de la religión. De ahí que uno de los objetos principales del ataque laicista consista en destruir la naturaleza humana como algo permanente, universal, dado, separando lo natural como puramente biológico, de lo humano como un producto de la cultura. No se puede hablar del hombre como humano antes de su existencia, venía a decir Sartre. Se destruirían así las creencias como criterios fiables, rellenándose su hueco con valores ad usum delphinis, que es la tarea del modo de pensamiento ideológico.

Al hablar de ataque y destrucción estoy aludiendo inevitablemente al poder: no ataca ni destruye quien cree que no tiene el poder de hacerlo. En un mundo artificialista, lastrado por la “pérdida de la realidad”, quien tiene poder tiene libertad. Hobbes, el padre del artificialismo dominante había definido la libertad como poder y el estulto Rodríguez Zapatero, un ejemplo del gobernante antipolítico, dice demagógicamente haciendo un retruécano vulgar un principio del gobierno, “la libertad os hará verdaderos”. Así pues, el tema del poder, para el que hay que acudir a la política.

La política, el poder político, salió de lo sagrado, que relaciona la vida humana con lo divino; pues lo divino, que es entitativamente no natural, pertenece a una esfera no humana, sobrenatural. Los griegos pensaban que lo divino es lo ultrasensible y para conocerlo inventaron la filo-sofía, el amor la sabiduría, pues la sabiduría, la sophia es el saber de lo eterno, propio de los dioses. Y así siguen pensando grandes y pequeñas culturas y civilizaciones, que ven en lo divino, igual que los griegos, el principio de la Naturaleza, ínsito en ella, identificándolo con las fuerzas que emanan de la Naturaleza. Pero esto ultimo, para el mundo de las religiones bíblicas son falsas sacralizaciones inmanentistas. La Biblia habla en cambio de la trascendencia, de una realidad sobrenatural, ajena a la Naturaleza, a la que crea, y, por tanto, no enemiga sino distinta de la natural, divina, como captó por ejemplo, Platón, quien identificaba lo natural con lo sensible, explicando con mitos lo que no podía expresar con conceptos. Es decir, descubrió la trascendencia del Ser, el principio y hontanar de todo lo sensible.

En suma, el poder, que salió de lo sagrado, está impregnado inevitablemente de sacralidad. Y esta impregnación, si se puede decir así, es lo que, inconscientemente, empezó a limpiar el humanismo renacentista. al que el averroísmo latino había preparado el terreno al separar la razón y la fe, como si el hombre de fe fuese distinto del hombre racional. Eso es lo que asustó a Ockham llevándole a proponer una suerte de imperialismo de la fe separada de la razón, que, a la larga, con el protestantismo y por una serie de circunstancias, dio la vuelta y se convirtió en el imperialismo de la razón.

La figura principal es Maquiavelo. ¿Qué hizo Maquiavelo? Se suele interpretar su pensamiento diciendo que separó la política de la religión y con ello de la moral, autarquizando así lo político, al independizarlo de la religión. Es cierto y como resumen está bien. Pero en realidad, Maquiavelo no hizo nada de esto. Se limitó a describir la política de la época prescindiendo de la teología, el conocimiento racional de Dios, que era hasta entonces el principal de los saberes que permitía ordenarlos todos; es decir, escribió como a-teólogo, como un notario; y de su descripción resultó evidente que el poder, tal como se presentaba en la época carecía de fundamento trascendente, que descansa sobre sí mismo, si se quiere en la virtú en que cifraba Maquiavelo la principal cualidad del hombre político, del Príncipe, el principal. Esto es, que el Poder no tiene otra explicación que él mismo, que es una realidad inmanente. Y que con el Poder, tal como lo describía, dejado a sí mismo, resulta que el mal es como la sal del mundo humano. Y todo el pensamiento moderno se dedicó a pensar tras las huellas de Maquiavelo, en como encapsular de nuevo el poder para controlar o suprimir el mal.

Lo que verdaderamente significa hoy el pensamiento de Maquiavelo, es que puso sobre el tapete estas dos cosas: la primera, el principio de inmanencia como último fundamento y rector de las cosas humanas, entre ellas de la razón de Estado, de la que, como es notorio, el escritor florentino no habló expresamente; no era un inmanentista ni le interesaban estas cuestiones; la segunda, que el laicismo que se atiene a la razón prescindiendo de la fe, al poder de la razón, constituye una consecuencia del modo de pensamiento secular orientado por el principio de inmanencia y, por tanto absolutamente independiente de la Iglesia, que postula en cambio la trascendencia, y de su autoridad.

El laicismo radical es un resultado de la revolución permanente surgida de la lucha entre el principio de inmanencia, representado por el modo de pensamiento exclusivamente laico, sub specie temporalis, y el principio de trascendencia que informa el modo de pensamiento eclesiástico, sub specie aeternitatis. El modo de pensamiento absolutamente laico es el modo de pensamiento estatal, el modo de pensamiento políticamente dominante desde que se constituyó el Estado.

En resumen, se podría decir que, desde entonces, todo el pensamiento espcíficamente moderno se podría sintetizar como el resultado de la lucha entre el principio de trascendencia y el principio de inmanencia. Tengo la impresión de que es eso lo que reflejan las famosas antinomias kantianas.

Ahora bien, las pesquisas sobre la solución al problema del mal, tal como lo había planteado Maquiavelo, dieron lugar al artificialismo, a la idea de que hombre puede construir formas protectora contra el mal, en definitiva el estado como una especie de lugar sagrado profano. Pues, desde el punto de vista inmanentista, la función de lo sagrado no consiste sólo en conectar a la humanidad con lo divino como hacen las religiones, sino en buscar protección frente a ello en tanto lo misterioso, como ocurre en las religiones y sus civilizaciones antiguas. Y esto es, justamente, lo que excluye del inmanentismo, por lo menos al cristianismo -y al judaísmo- entre las religiones bíblicas, ya que el Dios cristiano es amor y para el cristianismo Dios ya ha dicho todo lo que tenía que decir a la humanidad a través de Cristo, como afirmaba San Juan de la Cruz y recoge recientemente Rémi Brague.

La protección artificial, científica, contra el mal, la imaginó y construyó el protestante Hobbes en un momento en que asolaban Europa las guerras civiles de religión; pues, en las guerras civiles el mal aflora como algo normal, dando lugar a un estado de naturaleza tal como describía ese gran pensador, clave del pensamiento artificialista dominante, la situación de su momento histórico. Una situación imaginaria, una hipótesis con fundamento in re como las de la ciencia natural, cuyo espíritu y cuyos métodos adoptó Hobbes.

Por una parte, Hobbes, que todavía no era un ateólogo, construyó un edificio protector, enteramente laico, el Estado, al que bautizó como el dios mortal, que protege contra el mal mayor de todos, la pérdida de la vida. Como dios mortal es soberano absoluto y como laico es neutral. Y toda la actividad de ese dios neutral está dirigida a eliminar todos los males, todos los conflictos que surgen de los deseos miméticos. Pues son estos, en primer lugar el deseo de poder, los que, como subraya René Girard apelando al décimo mandamiento, constituyen la causa eficiente de los males que los hombres se infligen entre sí. La neutralización de todo lo que pueda constituir una causa de mal de origen humano es el objetivo de la razón de Estado.

Por tanto, para concluir, a fin de eliminar absolutamente el mal, es preciso igualar a los hombres conteniendo o suprimiendo sus deseos miméticos. O sea, construir, en último término una nueva naturaleza humana, un hombre nuevo solidario, cooperativo, conformista, sin fe en lo divino, en la existencia de otra realidad distinta de la sensible. Pues la fe en algo divino, ajeno al propio hombre como ser natural, un animal político decían los griegos, puede apartarle de los demás, de la masa, liberando los deseos miméticos, que precisamente, según la fe en lo divino de todas las religiones auténticas, son la causa del pecado, en suma, del mal. Este es el sentido del “la Verdad os hará libres” en que se fundamenta la libertad evangélica, pues la verdad es la forma en que se conoce la realidad y, en último análisis, la Realidad de realidades como decía Zubiri, lo divino.

El objetivo que persigue el laicismo, que paradójicamente, obedece a la fe en que la naturaleza humana puede ser neutralizada por el poder humano, encarnado máximamente en el Estado, es la extinción de la fe en lo divino. Pero, a fin de cuentas, puesto que rechaza lo divino, se trata de una sacralización artificialista, intramundana, temporalista, de la neutralidad del Poder. Entonces, lo divino sería el Poder.

 

Analisis Digital
analisisdigital@analisisdigital.com


Espacio optimizado para Internet Explorer 6.0 y Safari Mac
Resoluci�n m�nima recomendada 800x600