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Irene Nemirovsky, una escritora que vuelve de las sombras
Antonio R. Rubio Plo. Historiador y profesor de Realciones Internacionales

Antonio R. Rubio Plo.*

Entre los muchos calificativos desdeñosos y configuradores de identidades mortíferas, habría que destacar los de burgués y judío. Son epítetos destinatarios de muertes dialécticas y odios soterrados que en ocasiones han desembocado en la eliminación física. No faltan ejemplos de esto en el siglo XX aunque también en nuestra época existan individuos dispuestos a apretar el gatillo en nombre de la “beneficiosa” supresión de determinadas categorías sociales, políticas o étnicas. El “basurero de la Historia”, expresión acuñada por Lenin, siempre ha estado sobrecargado de trabajo gracias a todos aquellos convencidos de que la construcción de un mundo mejor pasa por el sacrificio casi ritual de otros, no tanto por su condición humana sino por su encarnación de símbolos odiados.

Estas reflexiones surgen por el hecho de que en Francia se ha sacado del “basurero de la Historia” a algunos escritores aplastados por el odio, la muerte y el olvido. Tal es el caso de Irene Nemirovsky (1903-1942), galadornada a título póstumo en 2004 por el prestigioso Prix Renaudot por su novela, Suite francesa, crónica, entre la epopeya y la vida cotidiana, de la invasión alemana de Francia en 1940. Este libro también formará parte de las novedades de otoño en las librerías españolas.

Irene Nemirovsky fue una escritora de orígenes judíos y rusos además de hija de un acaudalado banquero. La revolución de octubre la llevó desde su Kiev natal a Finlandia, Suecia y Francia, no sin antes pasar por Moscú. En esta última ciudad encontró su vocación literaria de la mano de los libros de un funcionario en cuya casa se refugió su familia. Leer a los catorce años a Oscar Wilde y Guy de Maupassant significó para Irene la apertura al mundo de la psicología y las pasiones de los seres humanos tan olvidadas con frecuencia en los torbellinos políticos y sociales de toda índole. Pero sería en la Francia de los años 30 donde Irene Nemirovsky alcanzaría sus mayores éxitos literarios. Algunos de ellos (El baile, David Golder) fueron llevados inmediatamente al cine. Otros (Las moscas del otoño, Fogatas) unen un cuidadoso tratamiento de los personajes al diseño en breves y evocadores trazos de momentos trágicos y decisivos de la historia europea y francesa. Perseguida, primero por su condición de burguesa y más tarde de judía, por los totalitarios que se apropiaban el papel de forjadores de historia, Irene Nemirovsky terminó sus días en Auschwitz.

Más allá de sus indudables valores literarios, la obra de esta escritora es instrumento indispensable para la recuperación de una memoria histórica. Una memoria, sobre todo, de las interminables décadas de exilio de aquellos rusos y sus descendientes que estuvieron abocados a elegir entre un amargo olvido y una hiriente nostalgia pertubadora de su espíritu. Lo expresa muy bien Lulú, uno de los personajes de Las moscas del otoño: “¡Querría estar en casa!... ¡En casa, en casa!...¿Por qué nos castigan así? ¡No hicimos nada malo!”. Pero la realidad de una familia rusa exiliada en el París de los años 20 es similar, tal y como señala la escritora, a las de las moscas del otoño, una vez pasados el calor, la luz y el verano. Son insectos que se mueven sus alas penosamente, cansados e irritados. No hay en estas historias, sin embargo, ningún tipo de atmósfera kafkiana capaz de sumir en la desesperación. Retratados sin complacencia, los defectos de los personajes de Irene Nemirovsky no despiertan tampoco en nosotros ningún tipo de repulsa. La pluma, nacida de los ojos de la escritora, sabe cómo conmovernos ante existencias vacías de sentido pese a estar rodeadas de todo tipo de placeres. Una burguesa es capaz de retratar la vida de la alta burguesía sin caer en resentimientos fáciles y oportunistas.

¿Rusa, francesa o judía? Irene Nemirovsky se habría quizás calificado de mujer, madre y de ser humano. Sin embargo, su condición de judía le llevó a la muerte. Iudaeus, semper iudaeus era el eslogan aplicado por el nazismo a todo judío por encima de su trayectoria vital. Los antisemitas son inexorablemente anticristianos, y en este caso no importó que la escritora se hubiera convertido al catolicismo, poco antes de estallar la guerra. Y es que los campos de concentración fueron la expresión de un determinismo asesino no muy diferente del presentado por la autora en El affaire Courilof. En el San Petersburgo de inicios del siglo XX, un anarquista se ganará la confianza de un político al convertirse en su médico personal. Ni que decir tiene que el trato humano chocará radicalmente con la consigna mecánica de asesinar recibida por el anarquista. ¿Puede más el irracionalismo que la racionalidad y los sentimientos humanos? ¿Hay un número ideal de seres humanos a sacrificar “por el bien de la causa”? La doble memoria, de burguesa y de judía, de Irene Nemirovsky es una llamada de atención a quienes sólo quieren ver categorías en las personas, y no seres de carne y hueso.

* Antonio R. Rubio Plo. Historiador y profesor de Realciones Internacionales

 

Analisis Digital
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