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El exorcismo de Emily Rose

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EL EXORCISMO DE EMILY ROSE. "Aunque asuste, “El exorcismo de Emily Rose” es más un drama judicial que una película de terror, y ese carácter judicial implica un exceso de información verbal que pesa sobre el ritmo de la película"

Director:.........Scott Derrickson

Distribuidora:.....Sony Pictures

Valoración:
Buena

(The Exorcism of Emily Rose) Dirección: Scott Derrickson. Guión: Scott Derrickson y Paul Harris Boardman. Interpretación: Laura Linney (Erin Bruner), Tom Wilkinson (Padre Richard Moore), Campbell Scott (Ethan Thomas), Colm Feore (Karl Gunderson), Jennifer Carpenter (Emily Rose), Mary Beth Hurt (Jueza Brewster), Shohren Aghdashloo (Dra. Adani), Joshua Close (Jason), Kenneth Welsh (Dr. Mueller), Duncan Fraser (Dr. Cartwright). Producción: Tom Rosenberg, Gary Lucchesi, Paul Harris Boardman, Tripp Vinson, Beau Flynn. Música: Christopher Young. Fotografía: Tom Stern. Montaje: Jeff Betancourt. Diseño de producción: David Brisbin. Dirección artística: Sandi Tanaka. Vestuario: Tish Monaghan. Distribuidora: Sony Pictures.

País: USA. 2005. 124 min. Jóvenes y adultos. Valoración: Buena.

“El exorcismo de Emily Rose” es una historia sugerente contada con inteligencia y delicadeza. Aborda una temática compleja, que ya de partida dividirá al público en dos bandos, como las partes enfrentadas de un proceso judicial. Y este es precisamente el nervio de su trama: el juicio sobre un sacerdote católico al que se acusa de negligencia homicida por haber intentado resolver un conflicto de índole espiritual con recursos exclusivamente sobrenaturales, en vez de científico-médicos.

El hecho de que se haya querido subrayar por todos los medios que se trata de una historia basada en sucesos reales condiciona completamente la recepción de la película. Con frecuencia al criticar trabajos de carácter documental se tiende a centrar el juicio sobre los acontecimientos que se retratan, disociándolo drásticamente de la calidad técnica del relato (sirva como ejemplo reciente el posicionamiento de la crítica ante “La pasión de Cristo”, “La pelota vasca” o “Mar adentro”). Es difícil formular un juicio claro sobre los acontecimientos que protagonizó la adolescente alemana Anneliese Michel durante los últimos ocho años de su vida (1968-1976), en los que todo parece indicar que fue objeto de una posesión diabólica, y que la película versiona con cierta manga ancha. Derrickson tampoco ha pretendido imponernos ninguna conclusión con este largometraje. Se limita a presentar el escenario del juicio, eso sí: resaltando los elementos que priorizan una lectura abierta a la posibilidad de la existencia del diablo. Elementos que por otra parte sucedieron realmente.

“Mi intención fue hacer una película que provoque a la gente a peguntarse qué piensa acerca del mal, acerca de lo demoníaco. Inevitablemente, cuando te preguntas cosas así, terminas cuestionándote lo que piensas de Dios, de la mortalidad, de la naturaleza de la memoria y de la verdad”, afirma el director.

Derrickson evita someter a los espectadores a discusiones teológicas complejas que reclamarían un contexto más favorable que el eminentemente pragmático del medio audiovisual, pero procura construir la credibilidad de su relato sobre las evidencias teológicas que justificarían el comportamiento de Emily Rose. Quizá la pregunta clave para decantar definitivamente el veredicto de los acontecimientos que se juzgan sea: Si en sus últimos momentos Anneliese Michel hubiera estado en manos de un médico en vez de un sacerdote (como estuvo durante más de siete años), y finalmente hubiera muerto a causa de la ineficacia del tratamiento científico (en esos siete años de tratamiento médico empeoró crónicamente y perdió la mayor parte de su peso), ¿se habría acusado a dicho médico de negligencia por no haber solicitado la ayuda de un sacerdote para un problema que la propia enferma, su familia y sus amigos más cercanos asumían como espiritual y religioso?

Posiblemente a más de uno le resulte problemático el aceptar que una persona devota, como parece ser que era la protagonista de estos sucesos, pueda ser objeto de una posesión diabólica. Sin tenerlo muy claro, a mi misma me resulta espeluznante, y sólo me alivia la afirmación final del padre Moore cuando a la pregunta de “¿Por qué a Emily Rose?” responde: “Porque se trataba de una santa”. Ojala también “El exorcismo de Emily Rose” hubiera incluido cierto énfasis en el convencimiento de que, finalmente, Dios es más fuerte, y que aunque no se deben menospreciar los poderes del diablo, él nunca tiene la última palabra. Al no ser católico, da la impresión de que Derrickson tampoco entiende al 100 % la Iglesia Católica y su jerarquía, lo cual se pone de manifiesto en algunas ironías y comentarios secundarios.

El hecho de que la protagonista (estupenda Laura Linney) sea una abogada agnóstica resulta uno de los principales aciertos de la trama. En este juicio que enfrenta al escepticismo positivista contra la Fe ella realiza la función de puente, y el espectador recorre a través de ella el viaje desde “El mundo y sus demonios” (el libro de Carl Sagan que pretendió a finales de los 90 difundir la idea de que toda creencia es una forma de superstición sin base científica, y que Bruner tiene en su mesilla de noche al comienzo de la película) hasta el insomnio final que le producen las primeras certezas de la fe. Porque lo que le queda claro, es que el diablo revuelve las cosas.

En la figura de Campbell, el abogado de la parte contraria, critica a los católicos racionalistas y escépticos, o si se quiere, a los que separan la fe de la cultura y de la vida cotidiana. Una figura de plena actualidad.

Aunque asuste, “El exorcismo de Emily Rose” es más un drama judicial que una película de terror, y ese carácter judicial implica un exceso de información verbal que pesa sobre el ritmo de la película y que Derrickson procura aligerar con la reconstrucción mediante flashbacks de los últimos acontecimientos de la vida de Emily Rose, correctamente estructurados. De esta forma los aspectos más terroríficos quedan contextualizados, suavizada su dureza y sin la menor cesión a la truculencia.

El guión es lo que se lleva la peor parte. En general los personajes están deficientemente trabajados. Se echa MUCHO de menos un retrato más completo de Emily Rose, retrato que durante toda la película se promete, y que finalmente se ciñe prácticamente al suceso concreto de su posesión. El centro más dramático de este proyecto pivotaba precisamente en la idea de que Emily Rose podría haber sido cualquiera de nosotros, mi madre, mi hermana, mi mejor amiga… que podría sucederle a cualquier espectador. Esa identificación no se propicia en esta película porque Emily Rose queda abismalmente distante del espectador por falta de presentación, y el dramatismo se disuelve. Este es el principal motivo por el que la escena final que reproduce la aparición de la Virgen –y que no detallo para no estropear la película a quienes vayan a verla- queda difuminada, sin fuerza y sin impacto, haciendo inaccesible toda la sugerencia teológica y simbólica que encierra una resolución de esa naturaleza. Por eso se escucha a muchos espectadores comentar que la película tiene “un final abierto”, cuando lo cierto es que tiene un final difuso que muchos no entienden y con él toda la parte positiva que puede tener una experiencia como esta.

Los actores realizan un gran trabajo que consigue la verosimilitud de unos personajes someramente dibujados en el guión. Especialmente difícil era la tarea de encarnar las contorsiones, los alaridos y los enervamientos de Emily Rose, para la que Jennifer Carpenter se vio obligada a “entrenar como una atleta”, según declara.

La decisión de envolver “El exorcismo de Emily Rose” con un ropaje de baratija comercial también me parece inteligente: atraerá la atención de un público joven que quizá se mueva a abandonar durante dos horas algún espectacular y violento videojuego, atraído por el olor de la sangre.

En definitiva, una película que promete polémica y buena audiencia en España, y que, aunque no se la aconsejo a quienes tienen facilidad para perder el sueño por culpa del miedo, puede desencadenar una reflexión interesante –principalmente entre la gente joven- en este país en el que no debemos olvidar que anualmente se registran entre ocho y diez casos de posesión diabólica. Una estadística mucho más preocupante que la de la gripe aviar.

Isabel de Azcárraga

 

Analisis Digital
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